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  Revista Electronica Septiembre 2003
Canela en los labios

 

Esta mañana, todos, absolutamente todos, amanecieron con polvo de canela espolvoreada en los labios. Sin embargo, sólo se dieron cuenta los que, al despertarse, se besaron.

Quienes se negaron el remoloneo entre las sabanas para descolgarse por imperativo horario de la cama y sin pensar el por qué salieron perezosamente para agotar una mañana más, adormilados porque las obligaciones de ayer les tuvieron en la mesa de trabajo hasta bien entrada la noche, autómatas de las rutinas cotidianas, no sólo no se endulzaron, sino que no entendieron a la hora del almuerzo la banal sonrisa de sus acompañantes que, habiéndose permitido despertar con el sol, salieron a la calle relamiéndose los labios.

Los que apenas pudieron sonreír tenían sin embargo, a la hora del café, bien invertida la mañana, obligaciones urgentes para resolver por la tarde, y una agenda repleta de citas para después del trabajo en la que apenas si quedaba hueco, un estrecho cuarto de hora perfectamente delimitado entre el "pasa, rápido, sé breve, ve terminando porque hoy tengo prisa, lo siento, a ver si otro día nos vemos con más tiempo".
Tiempo, prisa, menos tiempo, más deprisa.
Tuvieron prisa, anduvieron apresurados, seguros sobre los pasos de la trascendencia de sus irrelevantes quehaceres cotidianos. Formalizaron más proyectos, aunque no pudieron concluir ninguno porque, precisamente ahora, estaban a tope de trabajo.
Trabajo que deberían terminar hoy mismo, para poder mañana realizar nuevo trabajo.
Pero no importa. Después llegará el merecido tiempo libre, esos minutos robados al reloj para contabilizar los próximos minutos que se le exprimirán luego; las ansiadas vacaciones, ese tiempo de angustiosa cuenta atrás que se invierte en muchísimas actividades, cuantificables, indicadoras de la calidad del mes de agosto. Actividades que servirán de entretenimiento a la insatisfacción de una mente apresurada.
Alguien dijo que la prisa es un camino desesperado hacia la muerte, quizás tras observar el inexpresivo rostro de quienes jamás tuvieron tiempo de saborear la canela de sus propios labios.
Otros, en la sabiduría de quienes se permiten vivir sus días, ni siquiera tuvieron motivo para definir este concepto, porque en lugar de afanarse por trabajar un poco más para mejorar la calidad de su próximo tiempo libre, prefirieron quedarse en la ociosa actividad del estar por estar, del ser por ser y mejorar cada día su estar, siendo, prefirieron recrearse en el placer de descubrir el nuevo sabor que se añadía a la canela de sus labios.

 

 

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