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Revista Electronica Julio 2003.
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UN TUMOR CEREBRAL

Eduardo

Eduardo y Teresa.

Me llamo Eduardo, nací en el seno de una familia de clase media, en la que el amor lo llenaba todo. Vivíamos felices hasta que la enfermedad llamó a nuestra puerta. A mi padre le diagnosticaron una leucemia linfoide de consecuencias imprevisibles. El golpe fue duro, pero mi padre con la ayuda de mi madre, de su amor por nosotros y de una fe inquebrantable; sobrellevó la enfermedad de manera tan estoica que nadie que no lo supiera lo hubiera imaginado. En la Nochebuena de 1995, mientras sus hijos y nietos le cantaban el aguinaldo al pié de su cama, se despidió de nosotros, sin palabras, con sonrisa en los labios, cantando y haciendo palmas.
A los pocos días, como consecuencia de unas extrañas crisis convulsivas ingrese en el hospital. Diagnostico: Tumor cerebral.Tenían que operarme. Era una operación difícil.
Me jugaba la vida y lo sabía. Lo acepté con resignación y Teresa y yo nos dábamos fuerzas el uno al otro. Ya lo habíamos hecho a la inversa en otras ocasiones.

Por primera vez, pasamos una Nochevieja en un hospital y por extraño que parezca lo pasamos bien. La enfermedad de unos consolaba la de otros. Hicimos amigos. El 9 de Enero me llevaron al quirófano. Teresa iba a mi lado y hablamos hasta que nos tuvimos que separar, pero ella iba conmigo y yo me iba con ella. Con el dedo índice en la frente, en silencio, nos despedimos y aquella señal significaba: te espero, piensa en mí.

Tras la operación vinieron sesiones de radioterapia y quimioterapia. Fueron meses duros, de aceptación de mí mismo, de mi nuevo cuerpo: sin cabello, con deficiencias en el lado izquierdo, sobre todo en la mano y la pierna.
También tuvieron que aceptarme los demás: mi familia y mis amigos. Los que ya tenía y los que fueron apareciendo en nuestras vidas, no por casualidad, de eso estoy seguro, a lo largo de mi enfermedad.
Gracias a ellos nunca me sentí solo en las largas noches que durante meses pasé hospitalizado, pues se turnaban para estar conmigo sin tener siquiera que pedírselo. Eso es algo que nunca olvidaré.
Me dieron el alta y por fin regresé a mi casa. Las sesiones de rehabilitación en el hospital, a las que tenía que acudir cada día, no me sentaban muy bien, por el contrario, me estresaban y decidieron suspenderlas. No obstante, por indicación médica, seguí realizando ejercicios en casa.
Alguien le sugirió a mi hermana la posibilidad del masaje como medio de relajación y rehabilitación pasiva y ella me lo sugirió a mí. Me habló de una chica que vivía cerca de nuestra casa y desarrollaba esta técnica y otras con toda clase de enfermos. Fue así como conocí a Carmen María. La primera vez que acudí a su gabinete no sabía muy bien a qué iba y como ella misma confesó más tarde, tampoco ella sabía cómo exponer su forma de trabajara una persona de mente "científica", pues si no lo he dicho antes soy matemático, ya que lo que en principio se presumía un trabajo meramente corporal no lo era, sino que partía de una visión espiritual del enfermo y de su enfermedad.

Otro tema que me planteó fue el de la "autocuración". Basándose en la idea de que el hombre se compone de una parte física psíquica (el cuerpo y la mente, de la cual se sabe poco) y una parte espiritual (el alma, de la que no se puede saber, sino sentir), la autocuración, básicamente, consistiría en poner a nuestro servicio todos estos recursos físicos, psíquicos y espirituales para paliar y, en la medida de lo posible superar, las enfermedades que desarrollamos.Me propuso un ejercicio de sanación que comenzaba con las siguientes palabras: "Alma mía, cuerpo mío, amados míos. Yo decreto que consigáis la común unión y plena armonía entre vosotros, fruto de la cual se produzca la sanación de mi cuerpo. Para ello recoged esta luz curadora vehículo de sanación". Entonces se trataba de imaginar una luz que debía recorrer mi interior, especialmente las zonas más afectadas de mi cuerpo. Pero ¿cómo visualizar mentalmente esa luz?. Y, ¿qué significado tenía?. La primera cuestión se resolvía imaginando, por ejemplo, el resplandor de una bombilla o el sol, o cualquier tipo de fuente luminosa.

Con respecto a la segunda, en principio ni me lo planteé. La respuesta llegó más tarde. Después terminaba recitando: "Mi cuerpo no retrocederá más, es más, se mantendrá, es más, progresará. Así es y así será. Firmado y decretado por mí para mi alma y mi cuerpo".
Realizaba este ejercicio todos los días, pues aún no siendo creyente en lo referente al tema del alma, encontraba en él relajación y espíritu de superación, de voluntad de luchar, de esperanza.Con el tiempo fui modificándolo según mis necesidades y aprendizajes y acabó por escindirse en dos: uno con el mismo fin de autosanación y otro con el fin exclusivo de la oración. Pasó el tiempo.Seguimos hablando de la muerte, o más bien, de la necesidad de estar preparados ante lo inevitable. Le comenté que a mí, anteriormente no me habían gustado los velatorios, ese ambiente hipócrita mezcla de dolor y cachondeo, de gente a la que no habías visto en años y que de pronto aparecía para cumplir un compromiso social, pero que mi padre me había hecho cambiar de opinión al respecto. Esto ocurrió durante el velatorio de mi querida tita Consu.

En resumidas cuentas, me hizo ver sencillamente, que la muerte es una etapa más de nuestra existencia, para la cual la sociedad no nos prepara.

Él creía que no era malo que los niños fueran a estos actos, que se contaran chistes, que se hablara de todo un poco. Todo esto lo veía natural y así me lo hizo sentir.Mi mujer Teresa, nunca había visto un cadáver. Mi padre la tomó del brazo y la acompañó hasta el féretro. Le dijo: "¿Ves?. No pasa nada. Es como si estuviera durmiendo". El siguiente cadáver que vio fue el de mi padre.
Por su parte, Carmen María me habló de sus experiencias. Recuerdo concretamente el caso de una amiga suya diagnosticada de un cáncer de mama muy avanzado a la que daban poco tiempo de vida. Su marido, lógicamente, sufría por ello. Tenía hijos pequeños y no podía hacerse a la idea de educarlos solo. Paradójicamente, al poco, él murió en un accidente de tráfico. ¿Quién hubiera pensado que su mujer le sobreviviría?.

Nunca se sabe cuando te puede llegar la hora, por muy anunciada que esté, y en cualquier caso es mejor estar preparado que ignorarla. Educar para la muerte es positivo y ayuda a valorar la vida y a vivir plenamente el presente sin desperdiciarlo pensando demasiado en un futuro. Con respecto a la segunda, yo me consideraba"ateillo" respetuoso con respecto a cualquier región que no fuera fundamentalista. Es decir, tenía mi propia idea acerca de Dios, un Dios hecho a medida, a mi mente "científica". Como todo ser racional que sabe que su vida tiene un final sentía una inquietud sobre la existencia de un Creador (Esta idea había madurado en mí muy influencian por lecturas como "El hacedor de estrellas" de Olaf Stapledon o la saga de "Las fundaciones" de Isaac Asimov.

Paralelamente, aunque de forma independiente todas estas inquietudes espirituales que, habían surgido en mí, fruto de la enfermedad, también habían surgido, a su manera, en Teresa y pronto sentimos la necesidad de compartirlas. Teresa había comenzado a leer el libro que mi hermana me había regalado, "Sadhana" de Antonio de Mello y cuando le expliqué el tipo de ejercicios que yo hacía me comento lo similares que eran a los que este libro planteaba. Así, comenzamos a ejercitarlos juntos todos los días. Algunos, los primeros, consistían en aprender a relajarse, a meditar y contemplar. De alguna forma estos ejercicios nos hicieron encontrarnos un poco más a nosotros mismos, a descubrirnos facetas nuevas.Otros, sin embargo, tenían además un marcado carácter religioso, concretamente cristiano, pues como su propio autor dice, su fuente, su inicio en la vida espiritual fue y es el cristianismo y es en esta ideología en la que el autor se identifica sin menospreciar ninguna otra sino todo lo contrario, como muy bien, pudimos comprobar más tarde con otro libro suyo: "El canto del pájaro". De esta forma la figura de Jesús se cruzó de nuevo, esta vez conscientemente, en nuestras vidas, a través de los textos con los que Antonio de Mello trabajaba en el libro, textos tomados de la Biblia, como por ejemplo los Salmos y especialmente algunas partes del Nuevo Testamento.

Sin darnos cuenta, estábamos cambiando. Nuestra mente y nuestro cuerpo se abrían a caminos que nunca antes habíamos recorrido y nos encontramos mejor, más unidos, con más fuerza para afrontar las duras sesiones de quimioterapia que todavía me estaban dando.

Las crisis convulsivas y los entumecimientos que no terminaban de desaparecer, la baja de defensas que me debilitaba, las sesiones de rehabilitación que llevaba a cabo en mi casa, el trabajo diario de Teresa… Por primera vez, experimentamos, sentimos la presencia de Dios en nosotros y en las personas que nos rodeaban, pero también en el aire, en los árboles, en los pájaros, en las nubes, en las estrellas que contemplábamos desde el balcón al ponerse el sol. Y esa experiencia desechaba cualquier tipo de razonamiento. Fue así como poco a poco, a lo largo de más de un año, descubrimos que mi idea o la idea que Teresa pudiera tener de Dios, poco importaba, porque una vez "sentido" era imposible olvidarle y mucho menos elucubrar sobre Él.

No obstante, había una duda que nos perturbaba y que a veces nos sigue perturbando; ¿esta fe era auténtica?, ¿no estaría condicionada por la enfermedad, por el miedo a la muerte? ¿habíamos recurrido a Dios por una necesidad en cierto modo egoísta?, ¿era la nuestra una actitud hipócrita?

Teresa parecía tener más clara esta duda. Por supuesto que la enfermedad nos había condicionado, como no, pero ella creía que la cuestión se resolvía si llegábamos al convencimiento siguiente. No éramos nosotros los que habíamos ido hacia Dios. Dios había venido a nosotros, como acude a todos aquellos que le necesitan. Así de simple. Esta idea despejaba los temores, pero había que creer en ella firmemente, dar un paso de fe, de compromiso y confianza que la reforzara. Fue entonces cuando sentí la necesidad de volver a comulgar. Hablé del tema con Teresa y ella me apoyó y se sumó a la idea. Después se lo comenté a mi hermana y fue ella quien nos presentó a Ángel, un joven sacerdote amigo suyo. Curiosamente fue el día de mi 38 cumpleaños. Ángel vino a casa y hablamos, si no en profundidad, al menos sinceramente, de nuestro proceso espiritual, de nuestros pensamientos y dudas.

Conectamos inmediatamente y ese mismo día cumplimos nuestro deseo. Fue una experiencia que nos llenó de fuerza y alegría. No sería la última. Prometió volver y me sugirió la posibilidad de recibir también el sacramento de la "unción de los enfermos", explicándome que en nada tenía que ver este acto con la antigua idea que nosotros teníamos de él, es decir, con la "extremaunción". La unción de enfermos es, tal y como lo entendía, un reencuentro con el Espíritu de Dios, que vive en todo lo creado, en cada uno de nosotros, para pedir le su ayuda y afrontar con entereza, en mi caso, la enfermedad. No es un sacramento, en contra de lo que creíamos, pensando exclusivamente para recibirlo en el umbral de la muerte, sino que puede recibirse muchas veces, tantas como una persona verdaderamente necesitada de él lo desee.

Creo que hablar sobre el Espíritu es tarea difícil y no me siento capacitado para hacerlo. Pero todo aquel que lo haya experimentado en sí mismo, sabrá comprender esa sensación de paz, de serenidad interior, de valor, que el Espíritu te da cuando le pides: "ven a mi '.

Si hay alguien, cercano a nosotros, capaz de sentir esta frase, de comprender esta idea, esa es sin duda alguna nuestra amiga Ana. Ana representa para nosotros la respuesta más clara de Dios a nuestras preguntas, es ejemplo vivo de la fe en Dios y en su promesa de vida eterna. Su coraje ante el dolor, su alegría en la tristeza, su entrega a sus amigos, su confianza en el Padre no se pueden pasar por alto. Alcanzan a todos aquellos que la conocemos. Dios la bendiga por ello todos los días de su vida.
Aprovecho este escrito, ya próximo a su fin para agradecer también la ayuda que su hermana Mari Carmen nos ha prestado. Ella es para nosotros otro don de Dios. Gracias por último, a todos los que de una manera u otra han estado a nuestro lado apoyándonos: Carmen Mari, Ángel, Isi y Charo, Pepe y Ana, José Manuel y Loli, Paco y Marisol, Lola y Alfonsito, al que le mando un beso, Marisa y Pablito, José e Ina, Ricardo, Paquita, compañeros de trabajo, personal como a toda nuestra gran familia, en especial a nuestros padres, a mi tía Maruja que tanto reza por mi, a mi chacha Encarna, a mis sobrinos a Roque y Marisol y a todos aquellos de los que en este momento no me acuerdo. Pero sobre todo gracias a Dios por este amor imperecedero que nos dio a Teresa y a mí.

A nadie le gusta el sufrimiento que acarrea una enfermedad. Pero cuando esta se presenta, solo hay dos maneras de enfrentarlas: negativa positivamente. Pensándolo mejor existe una tercera posibilidad, una posición intermedia, neutra, la de negarla.

De la primera forma no solo acabaras amargando tu existencia, sino la de todas las personas que hay a tu alrededor y que intentan ayudarte porque te aman. La batalla estará perdida de antemano. Si niegas tu enfermedad y te eximes de enfrentarte a ella, te convertirás en una carga en un títere sin cabeza para los que te rodean, dejaras de ser el dueño de ti mismo, dejaras de ser persona. La batalla también estará perdida. Por el contrario si la afrontas positivamente, conscientemente, te sorprenderá comprobar como, por muy grave que esta sea aprenderás cosas que quizás nunca hubieras imaginado y a pesar del sufrimiento vivirás días de plenitud y gozo contra todo pronóstico, pues cuando el cuerpo declina, desde lo mas oculto de nuestro ser, misteriosamente, resurge una fuerza maravillosa que todo lo puede, la fuerza del espíritu, la fuerza del amor, y aunque finalmente pierdas la batalla, habrá merecido la pena luchar por ello. Tú decides.

 

© El espacio Asociación Lama Gangchen Son de Paz,(ONG) fué creado el 7 de Julio del 2003 y actualizado en Mayo 2007. El material que ofrecemos, tiene derechos de propiedad pero puede ser utilizarlo para uso personal, sin animo de lucro.Por favor especificar autor y la URL www.sondepaz.com. Amelia Lamaignere Badias es el webmastersondepaz Dedicamos el proyecto en beneficio de todos los seres 0M BISHUA SANTHI HUM