TESTIMONIO DE...
Miguel Izquierdo
Sida ,Un viaje al interior

Intento ahora, en vísperas de viajar a Borobudur para reunirme con él, recordar la primera vez que me encontré con el Lama Gangchen.
En Mayo del 92 se me comunicaba que tenía anticuerpos del v.i.h., descubiertos un año antes en un control preoperatorio rutinario con motivo de una artroscopia de muñeca.
La noticia me hizo volver a las ideas autodestructivas y a pensar en el suicidio, que ya había acariciado por varias veces en mi juventud Pero el ¿azar? abrió ante mí un camino de esperanza nuevo cuando una amiga me dijo que en breve vendría a Madrid un lama sanador tibetano, que podía curar cualquier mal.
Durante los dos o tres meses de espera, la ansiedad iba en aumento, al mismo tiempo que en mi mente se repetían una y otra vez las palabras "lama", "sanador" y "tibetano".Eran tres términos que aludían a otras tantas realidades muy lejanas para mí por aquel entonces.
Mi conocimiento del Tíbet era escaso; lo veía como algo misterioso, oculto tras el Himalaya, en el Asia remota, exótica y esotérica.
Sanador, frente a médico era una palabra casi mágica, que hacía presumir un poder especial que sintonizaba con la búsqueda del milagro que yo necesitaba en aquel momento.
Y Lama, era para mí algo que identificaba de pasada con el sacerdocio y la religión, pero sin tener las ideas claras al respecto.
Por fin llegó el tan esperado día. Era un viernes, 2 de Octubre del 92, a las 19,30 en el auditorio de Mapfre de Madrid. La verdad es que no puedo explicar lo que esperaba sentir con aquel encuentro, pero cuando vi al Lama Gangchen no sufrí una especial emoción. Ahora, cuando vuelvo la vista atrás, veo lo lejos que estaba de presentir la auténtica conmoción que se avecinaba a mi vida.
Entraba un hombrecillo regordete, balanceándose al caminar, de rasgos marcadamente mongoloides, con barba y sin un solo pelo en las cejas, luciendo un cráneo resplandeciente y dibujando en su cara una sonrisa aún más resplandeciente. Gangchen Rinpoché; su nombre me sonaba a episodios de dibujos animados. Reía y sonreía sin parar. Era como un niño grande. Pero aquel hombre transmitía un no se qué especial, un extraño magnetismo que te atrapaba.
Allí se iba a hablar de Curación Espiritual, de Budismo Tibetano y del Método Tántrico. No tenía ni idea de nada de aquello. Pero ya ni me acuerdo de qué se habló, quiénes más participaban, quién lo presentó, ni nada de nada. Yo estaba absorto en otros pensamientos al verme tan cerca de aquel de quien esperaba tanto.
Pero el verdadero impacto lo sufrí al día siguiente, el sábado, en los locales del C.E.C.O., en la calle Serrano, en donde se iba a hacer la Iniciación a la Curación Espiritual. Tampoco sabía en qué consistía la tal iniciación. Recuerdo que hacía un calor sofocante, más que por el día en sí, por la cantidad de gente que atestaba el local. Nos hallábamos literalmente apretujados en un aula pequeña en donde había dificultad para abrir las ventanas. Yo tenía la espalda empapada . Hubo muchos casos de agobio y algunos amagos de desvanecimiento entre los asistentes.
Llegó el Lama, ataviado con una vestimenta ceremonial, más vistosa que el día anterior y rodeado de una parafernalia extraña. Repartieron algo parecido al agua bendita a todos los que allí estábamos, que había que sorber y llevársela a la frente y la coronilla, repitiendo lo que veía hacer a los demás. En un momento dado, el Lama comenzó a tañer una campana y a empuñar objetos rituales desconocidos para mí, al tiempo que salmodiaba una letanía ininteligible, con voz ronca y a toda velocidad.
Aunque yo estaba avezado en el mundo del yoga y de los mantras, no cabía en mí mayor grado de estupor. Miraba de reojo a mis amigas y a los que me rodeaban y me sentía totalmente desplazado, fuera de lugar. Aquello me parecía un ritual religioso puro y duro. Yo que no quería ni mentar la religión, desde que a los trece o catorce años había abandonado la iglesia católica y las creencias cristianas, con graves dificultades para pensar en la existencia de algo inmaterial, llamémosle alma ó espíritu, estaba participando en una especie de misa budista. No salía de mi asombro.Pero a pesar de no estar del todo convencido de que aquello pudiera surtir algún efecto beneficioso sobre mi ansiada curación, seguí paso a paso las indicaciones que fueron dando: visualicé, repetí los mantras e invocaciones e hice todo lo que pidieron.
El domingo volví nuevamente a la segunda parte de la iniciación, con el mismo sorprendente ritual, no sin antes haber reflexionado mucho sobre lo acaecido el día anterior.
Mi escepticismo seguía igual y no estaba preparado en aquel momento para oír hablar de curación espiritual. Me costaba creer que con sólo repetir un mantra y unas visualizaciones pudiera curarme de algo tan grave como el sida. Y también me costaba pensar que sin ser budista se pudieran recibir los beneficios que se prometían .
En lo que sí tenía fe era en la medicina tibetana, pues tenía referencias de su reputación y de la eficacia de sus tratamientos. Así que uno o dos días después nos citaron en casa de la doctora Irene del Olmo, a todos aquellos que habíamos manifestado previamente la intención de ser tratados por la medicina física.
Fue una tarde de esperas. Primero, por turno riguroso, nos veía el médico tibetano, doctor Lobsang, quien con sólo tomar los pulsos y tras unos momentos de silencio y concentración lograba establecer un diagnóstico bastante preciso de la situación de cada uno. Prescribía la medicación correspondiente que nos fue entregada en forma de bolitas de colores pardo y negro, que delataban una factura muy artesanal a juzgar por la poca uniformidad de sus tamaños y por la manera primorosa en que algunas estaban atadas y envueltas en telas de vivo color.al Lama. Estaba en un cuarto muy pequeño, sentado en el suelo y acompañado por Jose Mari que traducía sus palabras y alguien más. Aquello fue para mí muy emocionante. Allí tan cerca de él, se podía percibir mejor ese no se qué tan especial del Lama Gangchen. Emanaba de su persona una energía muy peculiar y una sensación de paz, felicidad, bondad infinita y alegría. Había un halo de santidad en aquel hombre.
Recibimos una vez más las bendiciones rituales y nos impuso uno a uno un cordón, que se suponía nos protegería de todo mal, que en el día de hoy sigo portando y del que espero no desprenderme nunca. Recuerdo que salía de allí, contemplando las bolsitas de las píldoras y acariciando mi valioso talismán como un niño que acaba de recibir los regalos de los Reyes Magos.
Qué lejos quedaban entonces el desánimo y la tristeza de los meses anteriores. Qué olvidados el miedo y la angustia del diagnóstico inicial. Ahora todo era ilusión y esperanza. Ahí, sin saberlo entonces, comenzaba a ponerse en marcha la autocuración. Y así empezó todo.
Seguí la medicación y las pautas prescritas sobre dietas y lunas llenas durante un año practiqué las visualizaciones y recité el mantra con inusitado fervor.
Luego, al año siguiente, el Lama nos llegó con un nuevo y magnífico regalo: la Sadhana Tántrica de Autocuración, que entonces vi como algo demasiado complicado para Occidente y que en su momento no supe apreciar en toda su valía e intensidad.
A medida que pasó el tiempo fui adentrándome en las ideas del budismo, que resultó estar mucho más próximo a mí de lo que yo pensaba, empezando a entender el concepto de Curación Espiritual y apartándome progresivamente de la medicina f
Luego, tras una nueva espera, pasábamos de tres en tres pacientes a ver ísica en la que tanto había confiado.
Comencé a practicar la Sadhana con auténtica devoción en el año 94, después del Congreso de Mayo, preparándome para una peregrinación mística a la zona sagrada del Monte Kailás y Lago Manasarovar.
La expedición a un lugar tan aislado, de considerable altitud y con posibles riesgos de salud , dada mi situación de portador de un virus supuestamente letal, me fue formalmente desaconsejada por el servicio de medicina interna hospitalaria. Pero desoyendo las previsiones más agoreras, en Agosto me fui al Tíbet, sufriendo, claro está, los padecimientos típicos de la aclimatación a las alturas y los rigores propios de la marcha y la aventura, que iba paliando con la Sadhana, los mantras y la fuerza protectora del cordón del Lama. Fui, seguí los ritos de la Kora, dejé mis banderas de oración ondeando al viento de Drolma La, me purifiqué bañándome en las frías aguas del Manasarovar, bebí de la fuente del Buda de la Medicina, etc., y volví a casa sin problema alguno y sin necesidad de medicarme.
Desde entonces vengo realizando regularmente la Práctica de Autocuración Tántrica sin faltar un solo día.
La Sadhana me trae un estado de paz interior que antes nunca había disfrutado. Con ella he llegado incluso a experimentar sensaciones físicas, como una especie de calor por la columna vertebral.
El valioso método tántrico ha operado un cambio importante en mi vida, una auténtica transformación en mi forma de pensar y de actuar. No soy el mismo que hace cuatro o cinco años. Mi escepticismo se ha desvanecido y ahora sé que existen energías sutiles del cuerpo y la mente que intervienen en la curación de la enfermedad. Estoy convencido de que el poder de autocurarse está en todos nosotros; sólo tenemos que despertarlo. Y la Sadhana activa esta fuerza sanadora.
No existen enfermedades incurables. Incurable, según la definición de un conocido libro de autoayuda es "lo que a estas alturas no se puede curar por medios externos, sino yendo hacia adentro".
Y así ha sido mi transformación: un viaje hacia el interior. No hay otra dirección posible. Todo cuanto necesitas para curarte está en ti. Inútil pues, es buscar en otro sitio porque no se encontrarán soluciones.
El Buda dice en muchos Sutras que "sólo yo soy quien puedo salvarme a mí mismo".
Ahora busco profundizar más y más en mi cambio personal y seguir las enseñanzas del Budismo Tibetano que tanto me han ayudado, llevando el Dharma a mi vida diaria. En el supuesto de que ésta fuera mi primera vida y me quedasen aún otras ciento siete vidas por vivir, no tendría tiempo suficiente para agradecer al venerable Lama Gangchen el milagro que ha obrado en mí, con sus iniciaciones y con la transmisión desinteresada de "esta práctica secreta, fuente de beneficio y felicidad para todos los seres sintientes" como él mismo la ha descrito.
Mi querido Lama Gangchen Tulku Rinpoché, te deseo que tengas una larga vida para que puedas beneficiar con tu inmensa sabiduría e infinita bondad a todos los seres que sufren y que buscan el camino de la luz .
No dudo que eres la encarnación viviente del amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad. Te estoy suma y eternamente agradecido: Miguel Izquierdo. Asturias, Noviembre de 1996
Miguel Izquierdo |