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  Revista Electronica Octubre 2005.
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REFLEXIONES SOBRE LA IMPERMANENCIA

Por Lama Djinpa

La nueva física pone énfasis en la fundamental interrrelación e interdependencia de todos los fenómenos, lo que determina su inestabilidad y consecuente impermanencia o mutabilidad, el modo de ser de la existencia que, por otra parte, se describe exhaustivamente en los textos canónicos del abhidharma theravada así como en los sutra y shastras mahayana. En ambos, se acentúa explícita e implícitamente el fenómeno de la impermanencia que acompaña a todo lo que es interdependiente.


En cuanto a la impermanencia de uno mismo, a cada segundo, nuestra vida se acerca más y más a la muerte. Esta vida se consume de instante en instante, de un modo irremediable pues, debido a que el cuerpo es compuesto, no hay nadie que no haya muerto antes.
Además, puesto que el cuerpo carece de todo elemento o sustancia esencial no compuesta, no puede preverse con certidumbre su duración ya que existen muchas circunstancias mortales. Por esto se dice que nuestros cuerpos son como gotas de rocío al levantarse el sol o una lámpara de mantequilla expuesta al viento. Sabemos que se apagará, pero no el momento exacto.


Hay numerosos factores que precipitan la muerte: enfermedades físicas o mentales, los precipicios, los viajes, los alimentos. No sabemos cuál de éstas u otras circunstancias ni el momento en el que ésto se producirá inexorablemente. El azar depende del karma y, solamente los seres iluminados, tienen la capacidad de reconocerlo y preverlo.
La visión búddhica niega la existencia de toda sustancia permanente al afirmar en cambio que toda sustancia, sea material o mental, no es más que un agregado de elementos interdependientes, necesariamente impermanentes y carentes de existencia propia. Pero el buddhismo, tengámoslo muy presente para aplicarnos a su meditación, tienen muy en cuenta la verdad relativa, porque su no-reconocimiento y eventual confusión con lo último, lo absoluto o lo único, implica sufrimiento.


Este error, común a la condición samsárica, es lo que coarta la consecución de la plenitud del ser humano, libre y responsable si se compenetra con el aspecto relativo e impermanente de la realidad universal, ahora reconocida finalmente por la nueva ciencia en la que el tiempo, espacio y casualidad, individuos, objetos y sucesos, se disuelven en un continuo y eterno ahora, en el cual todo es parte de lo demás.
La causa fundamental del sufrimiento radica en el deseo innato de permanecer a pesar de que todo es impermanente.
El mal entendimiento de la impermanencia imposibilita el goce real de la vida.
El reconocimiento de la impermanencia, su comprensión y meditación, abren las puertas de la gran esclusa de la dependencia en la que vivimos sumergidos, permitiéndonos llegar así, con fluidez y gradualmente, al gran océano de la interdependencia en el que podemos evolucionar con toda la libertad y alegría del cuerpo de la gran felicidad que experimenta, tal como el pez que se libera del anzuelo, el alivio de este desenganche mortal que nos propicia la ciencia mental del buddhismo.


La dualidad del “ser-o-no-ser” que angustia y agosta nuestras vidas, impidiéndonos acceder a la plenitud que exigen nuestros más profundos anhelos y aspiraciones, establece las cadenas y paredes de esta férrea esclusa del apego en la que perecemos despedazados por la cuchilla del carnicero a la que nos aferramos, separando o cortando al yo de lo otro, el no-yo, con lo que desencadenamos el discurso contradictorio, río del sufrimiento por tanto, del sujeto y el objeto, el bien y el mal, lo bueno y lo malo, procediendo entonces a separar la sensación física de la mental, el estado agradable del desagradable, enganchándonos al deseo positivo que produce la sensación agradable y rechazando la desagradable que configure el deseo negativo. Estos son los extremos entre los que oscilan nuestras percepciones, generando unas pautas de conducta esencialmente reactivas, esclavas de los acontecimientos, del miedo, de la dependencia y de la impotencia.


La escucha o estudio, la reflexión y la meditación, dirigida o no, constituyen la base metodológica de la terapia buddhista, la misma o parecida a la que, por otros caminos, han llegados las escuelas psicoanalíticas y afines desarrolladas por nuestra cultura que, no obstante, continúa siendo egocéntrica y, por tanto, intranscendente, a pesar de sus nobles esfuerzos de ir más allá del sufrimiento, lo que en sánscrito se dice “ir al nirvana”.
La diferencia radica, más que en el método, en la perspectiva ontológica de la que parten ambas culturas, aún infantil en lo que se refiere al conocimiento occidental que no se puede desprender del concepto singular del “yo”.
Solamente comprendiendo que todo lo compuesto es natural e irremediablemente impermanente, y que el “yo” es algo compuesto, una circunstancia cambiante, uno se desinteresa o desengancha del apego real que tiene por esta vida, sus cosas, sus personas o situaciones, causas subsidiarias de esta dolorosa ilusión del “yo” que sufren implícitamente todos los seres ordinarios.


La impermanencia, llave de nuestra libertad, se convierte en la de nuestro carcelero cuando nos anclamos en el deseo de permanecer fuera del instante presente, vivenciando otros tiempos ya inexistentes, otras personas y situaciones pasadas o futuras que disminuyen la conciencia de nuestra realidad presente y, por tanto, merman tanto nuestra libertad como nuestra responsabilidad, nuestro libre albedrío.
En el momento de la muerte se deben de abandonar todas las posesiones, familia, reputación, cultura y todo eso que ha podido adquirir nuestro modo de ser ilusorio que, dejándolo todo atrás, debe penetrar en lo desconocido, sin la menor libertad pues ahora descubre que nunca la ha ejercido y, perdidos todos los esquemas de referencia tan cuidadosamente establecidos a lo largo de la vida, se encuentra indemne en manos de lo desconocido, teniendo la impresión de moverse en la más negra oscuridad en la que cada paso puede precipitarle en el vacío.


El tiempo se contrae y la película virgen de nuestro espíritu, grabada con los actos virtuosos y no virtuosos que cometimos a fin de lograr aquella ilusoria estabilidad, son revelados con toda exactitud y nos muestran el paisaje de uno de los tres mundos inferiores en los que renacen indefectiblemente los seres ordinarios. Esta vida es muy breve, pero nuestro paso por el ciclo de las existencias del sufrimiento, el samsara, es muy largo, prácticamente indefinido.
Sin embargo, hoy en día, estando en posesión de este precioso cuerpo humano, muchos de nosotros gozamos de la libertad de poder cultivar una circunstancia muy favorable y, en lugar de caer en la dependencia de nuestras ilusorias, inestables y efímeras relaciones familiares, sociales o de cualquier otra índole, de las que un día seremos brutalmente arrancados, podemos en cambio profundizar, por medio de la escucha, reflexión y meditación de la impermanencia, sufrimiento y muerte, tal como proponer el buddhadharma y sumergirnos en nuestra intimidad hasta descubrir que esta soledad a la que tanto tememos, es la fuente misma de la solidaridad universal que conduce a la plenitud del ser humano, a su libertad y experiencia de la felicidad que no se pierde.

© El espacio Asociación Lama Gangchen Son de Paz,(ONG) fué creado el 7 de Julio del 2003 y actualizado en Mayo 2007. El material que ofrecemos, tiene derechos de propiedad pero puede ser utilizarlo para uso personal, sin animo de lucro.Por favor especificar autor y la URL www.sondepaz.com. Amelia Lamaignere Badias es el webmastersondepaz Dedicamos el proyecto en beneficio de todos los seres 0M BISHUA SANTHI HUM